domingo, mayo 12, 2013

Bienvenidos al mundo real


Mientras se cumplía el vigésimo quinto aniversario del segundo advenimiento de Johan Cruyff,esta vez al banquillo, la afición y el periodismo del FC Barcelona pasaron días ofuscados entre celebrar como merece el titulo de Liga o asumir e iniciar las consecuencias de la debacle europea contra el Bayern de Munich.

En la mayoría de casos, al aficionado azulgrana la Liga no le sabe a poco, ni nadie tiene que recordarle que la valore o celebre. Pero la numéricamente extraordinaria primera vuelta, 18 victorias y un empate, sentó la base del título cuyo desenlace era esperado. El ilusionante inicio contra la Real Sociedad (5-1), las esforzadas victorias por la mínima ante Osasuna y Valencia mientras se alcanzaba la velocidad de crucero hasta enero, equipo a toda máquina impulsado por las comparaciones con Guardiola y motivado por la Liga de los 100 puntos de la "mejor plantilla de la historia", con excelentes minutos de fútbol vs Málaga y Espanyol. Las dudas sobre el exceso de verticalidad del equipo o la preponderancia en el juego de Cesc quedaban en un segundo plano tras el rendimiento y la clasificación, sumadas la recaída, operación, tratamiento y recuperación de Tito. Busquets, Iniesta, Piqué, Alba, Pedro y Xavi, muy cerca de su mejor versión, envueltos en la omnipresencia de Messi.

El 17 de enero, dos semanas más tarde de declarar en rueda de prensa que "siempre se ha dudado de mí" y "no descarto conocer otras culturas, otros tipos de fútbol, otros países, lo que venga", Víctor Valdés y su representante comunicaban a Zubizarreta sus intenciones irrevocables de no renovar el contrato, vigente hasta 2014, del portero, ni siquiera iniciando conversaciones económicas. La agencia EFE fue la elegida para difundir la noticia. Justo un mes antes, el club anunciaba las renovaciones de Xavi, Puyol (ambos hasta 2016) y Messi (2018). Cinco meses de perspectiva revelan aquella decisión mínimo como discutible y quizá motivo de algunas otras, como la de Valdés.

Enero y febrero trajeron al equipo carbón y plomo en forma de partidos pesados, carentes de fluidez y ritmo, la eliminación copera vs Real Madrid siendo inferiores y sometidos por la ecuación despeje + velocidad del equipo blanco (tras un partido de ida en el Bernabéu (1-1) en que se perdió la oportunidad de casi liquidar la eliminatoria ante el único sostén de Varane por parte local) y el infame día de Milán. 

La derrota de San Siro supuso el fin del experimento. Sin partidos de ida y vuelta, con espacios sobrevenidos o provocados, la pujanza de Cesc y facilidad para el gol en transición desaparecieron. El embudo central que tantos rivales propusieron en la etapa Guardiola regresó sin demasiadas respuestas para desentrañarlo. Xavi sin referencias ni posibilidad de triángulos, Messi desorientado, Cesc desaparecido y los extremos sin capacidad alguna de desequilibrio. En pleno debate Alexis. En aquellos días le preguntaron a Iniesta si se sostenía alguna comparación del momento del equipo con la última etapa de Rijkaard: "No tiene nada que ver, pero nada, en absoluto", enfatizó el jugador. "Aquí no estamos solo para ganar el triplete y decir ¡qué buenos somos! Cuando vienen mal dadas hay que recuperarse y aprender de lo que ha sucedido". Reconocía eso sí la importancia de la ausencia de Vilanova, en Nueva York. Los días en los que todos pensaban que no se notaría la falta del primer entrenador habian terminado.

Después de perder en el partido liguero en el Bernabéu, el equipo afrontaba la vuelta contra el AC Milan con ganas de verdadera afirmación. Recuperando la presión adelantada, la verdadera, basada en la posición grupal y no en los kilometrajes individuales, con Busquets al mando, Alves de interior y Messi siendo Messi, la remontada fue un hecho y el foco en la Champions League una consecuencia lógica. Los partidos de Liga se sucedieron de manera funcionarial y la eliminatoria contra el PSG anticipó lo que esperaba en semifinales: el reconocimiento final de que el equipo ya no podía competir de igual a igual con la élite del fútbol europeo. Todo ello ya sin Puyol, que decidió operarse por sorpresa y con relativo consenso con el club, tras ser suplente contra el equipo lombardo. Solo la reaparición de Abidal ha podido calificarse de buena noticia hasta la confirmación final del título número 22, el duodécimo tras la llegada de Cruyff en 1988. 

El título es especial, como lo son todos en realidad, cada uno impregnado de recuerdos y de momentos espectaculares, tras nueve meses de viaje. La demoledora presencia de Messi. La dignidad de Piqué. El regreso de Alves, La profesionalidad de Valdés. El ingenio de Iniesta. La rebeldía de Abidal. La victoria de Tito sobre el cáncer y sobre el mal gusto de el Pito. Pero también aspectos menos positivos que obligarán este verano a tomar decisiones. Las que anticipó y quizá se vio demasiado solo para afrontarlas. El resultado del Bayern obligará a fichar y a traspasar, y al Presidente Rosell, tras conquistar su primer gran trofeo, a asumir, por primera vez desde que accedió al cargo, verdaderas responsabilidades y con su sello, no con el heredado, del que aún obtiene réditos.    

En 2006, Rosell publicó un libro. Se publicitó como un interesante tratado de marketing y de management empresarial aplicado al fútbol, pero en la práctica se convirtió en un interminable ajuste de cuentas contra Txiki Beguiristáin y, de forma obsesiva, contra Cruyff, y una excusa de 324 páginas que preparaba el camino. Rosell pasaba directamente del episodio de Zubizarreta en Atenas, al "esperanzador renacimiento deportivo dirigido por Bobby Robson, secundado por el no suficientemente valorado Jose Mourinho", (pág. 160). Opiniones futbolísticas sobre el trabajo de Rijkaard, sus apuestas como Gratacós o Scolari como plan B...siempre en la superficie su verdadero desvelo: las cuestiones deportivas. 

El mencionado libro termina citando su propia carta de despedida del club en junio de 2005: "finalmente dejé claro que no he aspirado, ni aspiro a la presidencia del Barça, pero era obligado incorporar una coletilla, y es que, como dice un amigo mío, nunca digas nunca". Pero empezaba, en la introducción, con una confidencia. El libro estuvo a punto de titularse "Cuando ganan los malos", imaginen dirigido a quiénes, pero finalmente se llamó "Bienvenido al mundo real", en homenaje o inspiración de la película Matrix. El final de los fotógrafos, de los focos, del público. El mundo sin el Barça, según Rosell. Guardiola y las coartadas se han terminado. Recién anunciadas sus intenciones de presentarse a la reelección, puro comportamiento nuñista con tres años de mandato aún por delante. Los árbitros sin venir a cuento. Fichajes como Neymar con negociaciones convenientemente filtradas en prensa, sin saber muy bien a qué obedecen. La austeridad como leitmotiv de un club de fútbol. El lenguaje excluyente hasta en el triunfo: "Después del partido ante el Bayern, mucha gente quería quemar el estadio, al equipo, a la directiva...supongo que ahora no querrán quemar tanto". El equipo estará siempre obligado a sostener al clubBienvenidos, todos, al mundo real.  

domingo, marzo 03, 2013

Cada partido, un Vietnam


Tomo prestada la inspiración para el título de este post a Enric González y el primer capítulo de su libro Memorias Líquidas, en el que describe sus inicios en la profesión y la gráfica manera en que Josep María Huertas, legendario periodista catalán, entendía el oficio: cada taula, un Vietnam. Cada mesa de trabajo, un Vietnam. Resistencia y lucha. Cada día. Para cada texto.

El FC Barcelona, en apenas un mes, quizá dos, ha cambiado la competitividad, la desconfianza ante cualquier rival por débil que fuera, la búsqueda de respuestas ante la obligatoriedad de hacerse preguntas, por el piloto automático y la lección repetida pero no aprendida. El frío y el barro de la trinchera por el calor acogedor y la venda en los ojos del spa. Repensar cada partido por pretender jugar el mismo cada día. La plantilla corta y enchufada por aquello de los mismos once cabrones del domingo anterior.

Y no, no mencionen a Tito, inmerso en una lucha mayor, en su Vietnam particular. Ni a Roura, daño colateral de la difícil situación. La mejor primera vuelta de la historia de la Liga española. No puede quedar tan lejos de las cabezas de los jugadores, mucho menos de sus piernas.

El legado de Guardiola, por encima incluso de los títulos y del estilo, lo que ya es decir, fue, o debe ser, la competitividad y la valentía. "Us perdonaré que falleu però no que no ho intenteu". Considerar una temporada futbolística como algo dinámico y en constante evolución. Persistir en la percepción de cada partido, cada rival, como un reto para mejorar, no como otra hoja más en el libreto. Es agotadora, claro. La excelencia. Muchos de los miembros de la actual plantilla dejaron morir el proyecto de Rijkaard, saben por qué y cuándo ocurre. Necesitaron dos años para asumirlo, o si lo vieron antes, callaron.

En las últimas semanas, al menos Xavi y Alves reconocían públicamente que el equipo no está compitiendo bien. En el amplio espectro de significados que puede contener el término, sin duda está evitar el conformismo. Pero el puramente futbolero, no hace falta ir más allá. Reaccionar cuando el Milan te hace un gol. Ser ambicioso de cara a portería cuando visitas el Bernabéu en la ida de la Copa del Rey y el Madrid apenas si tiene un defensa titular, y le perdonas la vida. Reflexionar con un mínimo de inteligencia para darte cuenta que si todos tus ataques terminan con un pase (imposible) fallado al borde del área, cualquier grosero despeje se convierte casi en una asistencia de gol para Di María o Cristiano, como en la vuelta. Rebelarse ante el gol nuestro a balón parado de cada día. Abandonar a Messi a su suerte, obligándole a jugar cada vez más retrasado, pasto de las patadas y de las provocaciones.

El papel de un entrenador es muy importante. Se ningunea o se ensalza hasta el hastío mediático en función de su personalidad, de su historia, de sus colores. Pero es necesario. Como estratega táctico, como motivador y como gestor de personalidades en un vestuario. No, ni siquiera al Barça, ejemplo de continuidad idiomática y de respeto a un ideario, puede entrenarlo cualquiera. Y si los jugadores no quieren otro, han de dar un paso adelante. Seguro que Xavi es capaz de percibir que, para el partido del AC Milan, serán imprescindibles extremos y campo abierto para Messi. Seguro que Iniesta es consciente de que el ritmo del pase ha de ser más elevado. Seguro que Busquets añora líneas de pase y resopla ante la pérdida de control en los clásicos. Seguro que Messi sabe que de vez en cuando el uno contra uno en la banda es más eficaz que por el centro. Y seguro que todos comprenden  que el compromiso, precisamente hoy más que nunca, en la toma de decisiones, ha de ser grupal e indispensable. Y urgente. Porque si no, "algún día prendrem mal".

Foto: Jordi Cotrina, El Periódico de Catalunya

'Vuelve la coartada, regresa el viejo Barça', por Ramón Besa.
'Boxeador en la lona', por Martí Perarnau.
'El precio de la desidia', por Paco Cabezas.


domingo, noviembre 18, 2012

Rosell, equilibrios en el aire




El pasado 10 de diciembre de 2010, en el Día de los Derechos Humanos, el FC Barcelona anunció un acuerdo de patrocinio con la Qatar Foundation para los siguientes años, con un beneficio para el club de 30M € por temporada más bonus por títulos y otras variables. Unos días más tarde, el Presidente Rosell se felicitaba por el acuerdo al tiempo que señalaba que respondía a las necesidades financieras del club y que la solución pasaba por un patrocinio así antes que vender patrimonio, subir los abonos o tocar las secciones.

La camiseta, principal activo del acuerdo, tendría publicidad por primera vez en la historia del club, pese a que desde la Asamblea de 2003 la Directiva estaba autorizada a plantearlo: “Lo que haremos será explicar bien el acuerdo. Si la Asamblea se muestra contraria, lo tiraremos atrás. La Asamblea es soberana”, declaraba Rosell. Su vicepresidente económico Javier Faus, calificó a la Qatar Foundation como un patrocinio "de calidad exactamente igual" al de UNICEF, además de definirla como una "organización sin ánimo de lucro" y "progresista".

Pese a que en junio de 2011 el club anunció la reducción de un 1% anual del presupuesto destinado a las secciones profesionales durante los próximos cinco años, con el objetivo de pasar de un 10% a un 5% al final del mandato presidencial, los socios ratificaron en septiembre de ese mismo año el acuerdo, aceptando la posibilidad de un nuevo anunciante a partir de la temporada 2013-2014. Así, el dinero qatarí combinado con la ausencia de gasto en variables por títulos de Liga y Liga de Campeones, permitió a la Junta de Rosell presentar el cierre del ejercicio 2011-2012 con un beneficio récord de 48,8M €. La fórmula del éxito no parece responder a un complejo algoritmo financiero, sobre todo teniendo en cuenta que (también) los abonos de facto se han subido al convertir la Supercopa en partido de pago (remítase el amable lector a la última línea del primer párrafo de este artículo). 

Con estos antecedentes, llegamos al reciente anuncio de que que la aerolínea Qatar Airways será el nuevo  patrocinador de la camiseta azulgrana a partir de la próxima temporada. Lo firmado con Qatar Sports Investment, verdadero poseedor de los derechos, ya posibilitaba el cambio a partir del tercer curso, y el club lo ha hecho público un día más tarde de que ocupara (casualmente) la portada de Mundo Deportivo y lo que es peor tras no haberlo ni mencionado en la pasada Asamblea (sí, ese órgano soberano) del pasado mes de septiembre 2012.  

Qatar Airways ha sido nombrada como la mejor aerolínea del mundo los dos últimos años. Perfecto. De ahí a leer que es "una marca ambiciosa con aspiraciones globales, siempre comprometida en conseguir la máxima excelencia en su ámbito. Estos son objetivos con los que el FC Barcelona se identifica plenamente", van más de los treinta mil pies de altura a los que vuelan sus Boeing 777. En el permanente (y cada vez más ridículo) equilibrio de esta Junta entre hacer ver que les importa el romanticismo y aquello del Més que un Club y la gestión profesional e interesada, de nuevo don Javier Faus nos ofrece la solución a nuestras objeciones: "Qatar Airways no tiene ningún valor que vaya en contra de los nuestros. Consideramos que es una marca perfectamente homologable a lo que es el FC Barcelona"

Por favor, déjenlo. Permitan que los valores, reales o inventados, cotidianos o simbólicos del club queden fuera de la recaudación de ingresos. No cuela y no es necesario. La competencia en el fútbol de élite del siglo XXI va mucho más allá del césped. El Real Madrid lucirá Fly Emirates en su camiseta la próxima temporada y hay pugnar por el mercado. Es lógico e inevitable. Sin embargo, lo que llama más la atención es la mención a la posibilidad de que otro de lo motivos de su elección como patrocinador sea la importante apuesta que Qatar Airways intenta desarrollar en el Aeropuerto de El Prat, incrementando sus frecuencias entre Barcelona y el emirato del Golfo. Explica Faus que "Dada la muy delicada situación económica del país y de la ciudad, Qatar Airways nos ha manifestado su voluntad de invertir más en el aeropuerto de Barcelona y nos ha parecido que una compañía, en este caso extranjera, que quiera venir a nuestro país con las circunstancias actuales, merece todo nuestro respeto ".

Akbar Al-Baker, jefe ejecutivo de la aerolínea, declaraba la semana pasada que abandonaron las negociaciones para la compra de Spanair ante las amenazas de sanciones por parte de la Unión Europea, en forma de devolución de las ayudas públicas que había recibido Spanair durante todo el proceso. En la pasada Diada del 11S, la actual Directiva no permitió que el club estuviera oficialmente representado en la multitudinaria manifestación que recorrió las calles de Barcelona, con Rosell primero anunciando que no asistiría y después haciéndolo bajo el eufemismo del "a título personal", filtrando eso sí al día siguiente un diseño de la próxima segunda equipación con la senyera que veremos si se concreta definitivamente. Por el contrario, ahora el club se preocupa de la situación del país y de la ciudad, cuando se entiende que lo prioritario debería ser la economía del club, tan catastrófica en 2010, felizmente recuperada en apenas dos años. ¿Qué pensará Ferrán Soriano desde su confortable nuevo destino en Manchester? De nuevo, equilibros forzados. En tierra y por aire.    

Foto: fcbarcelona.cat

martes, octubre 23, 2012

El Barça y los desequilibrios


Pep Guardiola siempre decía que, puestos a escoger, prefería como rival a un equipo encerrado atrás en su área que a otro más atrevido y presionando la propia salida del balón. En su época de jugador, Guardiola se hartó de jugar ese primer escenario, aglutinando balón en el círculo central y distribuyendo a izquierda y derecha, haciendo partícipes a los extremos que Cruyff situaba en la cal bien para tocar rápido y reiniciar, bien para cambiar el ritmo y barrer rivales mediante acciones de uno contra uno.

Laudrup era capaz de regatear en seco. Stoitchkov en velocidad. Ambos capaces de enviar pases en profundidad y de aprovechar las diagonales rudimentarias pero eficaces de aquellos interiores, Amor, Bakero. También de alimentar el apetito de gol y de pelota al pie de ese genio disfrazado de indolente impostor llamado Romario durante aquella febril temporada del 94. La banda era en definitiva, para Guardiola y para el equipo, un desahogo pero también un arma. Recurso y emblema.

Esta noche el Celtic de Glasgow, como estaba previsto, eligió la opción de repliegue intensivo. Se encontró un gol como (mínimo) cada equipo que últimamente se enfrenta al Barça, y se dedicó a defenderlo. Lógico. El equipo azulgrana sacó el manual del cajón y comenzó a leer, de memoria. Pero más que recitar, tartamudeaba. Sin Busquets, Song pasó absolutamente inadvertido. Atrás también, donde apenas restó. Todo para Xavi, como aquel Pep de los 90. Sin embargo, cada pelota que marchaba a la banda, regresaba igual o peor, nunca mejorada. Pedro es voluntarioso, inteligente y gran definidor. Pero le cuesta horrores eliminar rivales por si mismo. Lo mismo vale para Alexis, que hoy además pasó media hora como ariete y también decepcionó, en esa virtud apreciada por ejemplo en duras batallas con Pepe y Ramos. Engullido por los acontecimientos.

El equipo fue, una y otra vez, sin apenas lucidez. Solo empató al borde del descanso con una jugada culminada por Iniesta entre esos tres genios que iluminaron el estadio de Wembley en aquella noche de mayo de 2011, y únicamente ganó en el descuento cuando el Celtic ya defendía tan cerca de su portero que ni era necesario el linier.

La paciencia es imprescindible para ese decorado que indefectiblemente recuerda a la semifinal contra el Chelsea. El problema es que el Barça de Vilanova ahora mismo no disfruta del pegamento que le permitía atacar bien, recuperar rápido y mejor, para volver a atacar. Por eso se sufre, y por eso cualquiera llega a Valdés, más allá del drama asumido del juego aéreo y de la anécdota pasajera de los goles en contra. Las jugadas no se terminan bien, si no sería imposible ver a Adriano chutar y chutar. Messi retrocede su posición, tanto que en la primera parte por momentos tenía a Xavi e Iniesta por delante, y el área del Celtic era poco menos que un erial carente de pólvora azulgrana. La pelota llega a los extremos, muy adelantados, y la posición de remate está vacía. Y hoy no estaba Fábregas, por lo que no se le puede asignar su cuota de responsabilidad en la falta de ortodoxia.

La mezcla necesita picante. El ingrediente agresivo de la amenaza exterior. Que el lateral de turno sepa que no le bastará con guardar la posición y rápidamente apoyar al centro. El uno contra uno, el desborde. Cuanto más desaparece ese desequlibrio individual del fútbol moderno, más lo necesitará el Barça. Ahora mismo, en octubre, la maquinaria en piloto automático no es suficiente. Resultados justos ante rivales competitivos pero que en un cercano universo serían goleados sin piedad. No deben distraer, el juego es muy mejorable. La única certeza del partido fue Marc Bartra. El primer balón del partido que colgó el Celtic, lo tocó innecesariamente sin ningún rival cerca en vez de dejarlo pasar hacia Valdés. Iban veinte segundos de partido. A partir de ahí, impecable. Rápido y luciendo personalidad y anticipación. La fama que le precede era ruidosa pero en este caso muy merecida. El futuro es suyo.


Foto: Manu Fernández (AP)

jueves, agosto 30, 2012

El Barça pierde el ancla



Un defensa tiene varias maneras de fallar. Con el balón en los pies, como Mascherano anoche en el partido de Supercopa, equivocando el momento de cerrar una cobertura desde el lateral, como Dani Alves en el gol de la Real Sociedad en la primera jornada de Liga, o no posicionándose correctamente ante un centro lateral como ocurrió en el gol de Osasuna en Pamplona con toda la zaga barcelonista, y que @eldeu trata de explicar en su cuenta de twitter.

Sin embargo, en el todo que supone un equipo de fútbol, la línea de cuatro atrás es una parte, indisoluble del resto. El reto al que se enfrenta un cuarteto de defensores, situados casi en el medio del campo, con cuarenta metros a la espalda obligados a recorrerlos entre desorden y caos, es mayúsculo e imposible en un estadio como el Bernabéu sin la ayuda del resto. Durante la primera media hora del duelo de ayer, bien por pases intencionados, bien por puros despejes, Adriano, Piqué, Mascherano y Alba fueron incapaces de contener las acometidas del Real Madrid, que ni siquiera necesitó el habitual filtrado de pases de medio tempo por Özil o Di María.

Quizá preocupado precisamente por el dañino contragolpe madridista, Tito Vilanova pensó que adelantando de manera progresiva la posición de Busquets podía aumentar la eficacia de la presión del equipo y limitar el rápido entrejuego del rival. Pero la idea no sirvió ante el ataque directo y además desfiguró el control de juego barcelonista. Durante muchos minutos de esa fase inicial, Sergio pareció estar por delante de Xavi e Iniesta, quedando por primera vez en tiempo el Barça falto de jugadores por delante del balón y sin apenas incidencia de los dos bajitos en la presión ni en la contención. Partido, fallando hasta los pases más sencillos, sin dominio de la situación y a merced del error propio y del acierto ajeno. Ni siquiera el azar. 2-0, Higuaín en bajos porcentajes y con 10, obligado Adriano a detener en falta a Cristiano con un océano de metros libres a su alrededor.

Paradójicamente, la expulsión serenó al Barça. Con Montoya en el lateral derecho y aprovechando el paso atrás del Madrid, satisfecho por el rápido botín, creció a través del balón y la inferioridad numérica solo se notó en ataque, no atrás. El gol de Messi anticipó lo que sería la segunda parte: dominio prudente del Barça, Xavi acompañando a Busquets, exhausto y despistado, sustituido de forma interesante por Song, que no rifó ni una sola pelota, y esperando la oportunidad. El Madrid se olvidó del galope, fue timorato con el balón y destemplado sin él, concediendo espacio en las bandas a Pedro/Tello y Alba en las bandas, cerrándose por el centro sobre Messi e Iniesta con más voluntad que organización colectiva. Tito prefirió al joven extremo del filial antes que a Cesc o Villa, encontrando las ocasiones pero no el gol. El déficit existe, pero más que conceptual o de caudal ofensivo, de la malicia que a veces demanda la portería contraria. La (mala) calidad de los remates, ya apreciada en Pamplona, no es una carencia técnica, sino del olvido del gol como objetivo y no como consecuencia. Como hace Messi, en la correcta combinación de los dos itinerario está el éxito. 

Foto: Paul Hanna (Reuters)

domingo, junio 03, 2012

Repensando la posesión



La final de la Champions League en Munich, con el triunfo del Chelsea FC, ofreció, además de un ganador, otra importante conclusión para algunos sectores del periodismo deportivo: la temporada futbolística no ha sido la mejor y es necesario repensar el juego de posesión

Ni siquiera el simbolismo de ver a John Terry levantando la Copa, vestido de futbolista pero sin haber podido jugar el partido por su indigna expulsión en el Camp Nou, culmen de la actuación de su equipo aquella noche, mereció demasiados comentarios. ¿Reflexión solo para los derrotados? Lógico si eres seguidor del Chelsea y llevas diez años persiguiendo el sueño europeo, olvidando para siempre la pesadilla de Moscú, absurdo para el resto de observadores más o menos imparciales. Si es que queda alguno, claro.

Cuando el Manchester United logró el título europeo en Barcelona en 1999 tras dos saques de esquina afortunados, jugó un mal partido, sí, pero participó del juego al mismo nivel que el Bayern. Sin Scholes ni Keane, sancionados, Beckham debió formar en el mediocentro con Butt y el equipo de Ferguson lo notó. Antes, habían dejado en el camino a Juventus e Inter Milán y jugado verdaderos duelos directos con el propio Bayern y el Barça en la fase de grupos. Comparar este título con el del Chelsea actual supone confiar demasiado en la ausencia de memoria del aficionado y buscar argumentos donde no los hay.

El debate se pervierte aún más cuando las opciones quedan reducidas al cincuenta por ciento: o intentar tener el balón o intentar ganar. Sin más. El lugar común de todos los estilos son válidos en fútbol es inútil desde el momento en que cada equipo puede jugar como le venga en gana a sus futbolistas, a su entrenador, a su dueño, a su afición o ni siquiera como deseen ninguno de ellos sino como buenamente salga cada partido, que también hay casos. Claro que son válidos. Y legítimos, mientras no irrumpan en el reglamento. 

La importancia del resultado. Cualquier manera de jugar, estilo o táctica, salvo en los Globetrotters, está enfocada a obtener los puntos en juego. Nunca Menotti, Bielsa, Cruyff, Guardiola o cualquier sospechoso habitual que pretendan encontrar negó eso. Lo que se plantea es el protagonismo en el reparto, el porcentaje con el que se participa en la discusión por la victoria, la proporción entre el talento de tus futbolistas y el uso que haces de ellos.

El combate a sangre y fuego entre FC Barcelona y Real Madrid durante las dos últimas temporadas ha contaminado el diálogo futbolístico hasta convertirlo en un erial sin matices. El Madrid no podía ganar al Barça si no era con un fútbol ultradefensivo, con Pepe como interior y con el césped al estilo piscina municipal. Falso. Con un once casi idéntico el equipo de Mourinho perdió 5-0 en el Camp Nou y luego fue capaz de llegar, atacar y poner en dificultades al Barça en el mismo escenario. Este año, con cien puntos y más de ciento veinte goles en Liga, el Madrid tentó a la suerte jugando en Barcelona agazapado, con un 27% de posesión y con Casillas con más intervenciones que cualquier otro de sus compañeros de campo. Nada tuvo que ver su plan con el resto de la temporada ni siquiera con la manera de obtener los dos goles en el partido, por mucho que lo emblemático y definitivo de aquel triunfo concluyeran lo contrario. Es la lógica aplastante del yo gano, tú pierdes.

Cuando se recuerda que el Inter 2010 o el Chelsea 2012 negaron el juego del Barça y se duda del estilo, se elige, claro, hablar solo del resultado. Se obvia en ese caso el detalle y el resto de partidos, eliminatorias y títulos en los que la misma propuesta triunfó. Se otorga el mismo mérito, cuando no más, a un rebote afortunado, a un esforzado pero poco estimulante ejercicio defensivo por acumulación que al empeño por encontrar un pase, por lograr un regate o por conseguir que un remate supere a seis defensas y a un portero en el área pequeña. Todo vale, claro, pero no todo vale lo mismo.

La trinchera a la que a veces nos empuja el peso de los colores propios. La única justificación lógica a la permanente inquina en negar los méritos ajenos. El silencio de los seguidores del Chelsea en la tercera gradería del Camp Nou, sentados, inmóviles, aburridos durante 88', fue sepulcral hasta el gol de Torres, ¿a qué aficionado por muy leal que sea le gusta ver un partido en el que su equipo nunca tiene el balón? "El Chelsea pasa del balón, ¿y qué?" ¿Y qué?

En todos los deportes colectivos, el trabajo defensivo es imprescindible. Como en basket, balonmano. Bien ejecutado, es bello. El Milán de Sacchi, defendiendo a cuarenta metros de su portero. Pero es solo una parte del trato. ¿Qué sentido tiene defender si no es para atacar después? ¿Cómo puede ser el único objetivo en una final llegar a prórroga y penalties? ¿Cech, Cahill, Mikel, Lampard, Drogba, Mata o Torres, para despreciar el balón? ¿El fútbol solo tiene ese componente de azar y de juego cuando nos interesa, pero convertimos la ficción en matemáticas para ahorrarnos el fastidio y el riesgo de la valentía al competir de igual a igual, por si acaso? ¿También nos olvidamos de la inspiración, de la imposibilidad de rendir igual en cada uno de los sesenta partidos a jugar?  

La temporada de todos modos no terminó en el Allianz Arena. Concluyó en el Calderón con el último ejercicio sinfónico del Barça de Guardiola, que tras dos semanas de descanso compareció insultantemente fresco y dañino para el rival. Superó marcajes zonales e individuales, distrayendo y acelerando con el toque a partes iguales. Así fue durante casi doscientos cincuenta partidos, un muestreo bastante más relevante que un par de eliminatorias. Ante el Barcelona no se puede jugar así. Puede. ¿Y el resto de los partidos? Copenhague. Betis. Villarreal. Ahtletic. Valencia. Todos ellos le jugaron alguna vez de tú a tú al Barça en estas cuatro temporadas. Si perdieron no fue por eso, sino porque tenían menos talento. Al igual que la mayoría que se encerraron en su área. Esa debería ser la diferencia en el marcador, no la osadía ni las intenciones. Un deporte no debería dar espacio al término suicidio, tan utilizado para enmascarar la simple superioridad técnica.

Mientras, la Eurocopa ha llegado casi sin avisar y los amistosos previos ya nos han mostrado las dificultades de Inglaterra para dar dos pases seguidos ante Bélgica o el sufrimiento de Italia ante Rusia, y es que el catenaccio como teoría se debilita con la misma rapidez que la fortaleza individual de los futbolistas. Holanda, Alemania, Francia, Portugal y España pondrán su destino en el balón, cada una a su manera. Grecia, futbolística y vencedora, solo hubo una.

domingo, abril 29, 2012

La huella de Guardiola


17 de agosto de 2011. El FC Barcelona gana la Supercopa de España al Real Madrid con un gol postrero de Messi, el 3-2, cuando la prórroga parecía inevitable, aupado por la efervescencia del debut de Cesc Fábregas con la camiseta azulgrana. El Madrid saluda su derrota abandonando el césped mientras el rival recibe el trofeo y su entrenador explica su infame agresión a Tito Vilanova y el revuelo final con un "Pito, o como se llame. Yo no lo conozco. Que lo comenten las cámaras, yo soy educado". Minutos después apareció Guardiola en la sala de prensa para señalar que "Esas cosas no se deben hacer. Pero las imágenes hablan por sí solas. Algún día nos haremos daño y más bien fuera que dentro del campo. Algún día acabará mal".

Con la temporada llegando a su fin, el recuerdo de aquellos días adquiere protagonismo. Es ingenuo pensar que incidentes así, tristemente frecuentes durante los dos últimos cursos, no han colaborado en ese vacío de fuerzas señalado por Guardiola como motivo de su renuncia a continuar en el cargo. Sin embargo, su nueva mención nueve meses más tarde, en otro contexto, del riesgo del daño, explica mejor y más profundamente los verdaderos motivos: "Para estar aquí sentado cada tres días, el entrenador ha de estar fuerte, tener vida, pasión. La he de recuperar y solo se consigue descansando, alejándome, porque creo que nos hubiéramos hecho daño, esa era la percepción".

Los elogios entrenador-plantilla han sido constantes, públicos y recíprocos durante estos cuatro años. Salvo un par de partidos esta temporada, y ni siquiera completos (Pamplona, Getafe), pocos reproches caben en el rendimiento y esfuerzo de un colectivo asediado por importantes difucultades como enfermedades o lesiones. Seguramente, y eso solo lo saben en el vestuario, lo que progresivamente cambia y desgasta es la manera de asumir la toma de decisiones. Los tópicos de las luchas de vestuario, de jugadores que no se hablan, de excesos nocturnos o de compromiso únicamente aparecen en la ausencia del resultado; pueden ser condición necesaria pero no suficiente.

Guardiola describía el viernes cómo acogió la propuesta para entrenar...¡al filial, en tercera división! del FC Barcelona, en el final de la primavera de 2007: dando botes y rodillas en tierra. Lo mismo o parecido un año después, al ser elegido como primer entrenador. Su regreso al club seguro que le permitió observar privilegiadamente el final del equipo de Rijkaard, intuir o directamente tener la certeza de que Ronaldinho, Eto'o y Deco debían marchar, e iniciar la recuperación de lo bueno que aún tenía aquel equipo mezclándolo con sus agresivas ideas de presión, esfuerzo, toque e innovación táctica.

Desde la presentación, en cada rueda de prensa, en cada entrenamiento, durante cada partido, en el trabajo de despacho como detalló en su discurso tras recibir la Medalla de Oro del Parlament de Catalunya, la pasión e intensidad han identificado su trabajo. Posiblemente no más ni mejor que otro cualquier entrenador, pero el matiz de dirigir a tu equipo de la infancia, coronar una trayectoria en la que vives el club como jugador infantil, juvenil, filial, primer equipo, capitán, entrenador del filial, incluso candidato derrotado a secretario técnico...es una gran responsabilidad. Es muy difícil que sin ese grado de entusiasmo, rozando lo enfermizo, sin ese grado de vehemencia que trasladó a los jugadores, sobre todo para que creyeran casi a ciegas en lo que hacían, el Barça hubiera sobrevivido a tantas y tantas pruebas en su camino. El precio a pagar, evidente incluso en su evolución capilar. 

Por eso, conviene recordar las renovaciones de Guardiola, año a año, (y si hubiera podido, cada seis meses, como él mismo dijo alguna vez), para que la decepción actual sea más comprensible. Como dijo Wenger, posiblemente "no era el momento adecuado para tomar una decisión tras una decepción como la de esta semana, pero la filosofía del Barcelona está por encima de ganar o perder un campeonato"; estoy de acuerdo. Las duras derrotas de la semana pasada y la inversión en Cesc o Alexis aconsejaban un año más de Guardiola, para completar un lustro esplendoro, el mejor plan quinquenal pergeñado nunca en el fútbol. Pero no será así. Y en realidad, leyendo por ejemplo a Tito en mayo del año pasado, podía imaginarse. 

El 2-6, empezando perdiendo con la Liga en juego, con Messi iniciando su reinado como delantero mentiroso y al tiempo jugador verdadero; la fe de Iniesta en Londres en una noche sin apenas fútbol; Bojan y Yayá Touré en Valencia; la final de Roma sin Alves ni Abidal; las lágrimas de Messi tras perder una eliminatoria de Copa ante el Sevilla; la emoción de Abu Dhabi el día que Guardiola recordó Tokio en 1992; los 99 puntos frente al dignísimo Real Madrid de Pellegrini; el 5-0; aprender a tocar entre la maleza; Valdés siguiendo tocando con los pies tras regalar un gol; las segunda parte de la final de Copa; Wembley; el fair play de Sir Alex; la incredulidad del Santos; las eliminatorias europeas frente a Lyon, Bayern y Arsenal y decenas de partidos memorables en el Camp Nou; la regla del 70-30; ocho, nueve, diez canteranos; el aplauso del Camp Nou en la derrota; el saber ganar y sobre todo el saber perder.  

Son algunos de los momentos estelares que quedan en la memoria y servirán para ilustrar el reinado de un equipo irrepetible. Los errores en la gestión de algunos fichajes como el de Ibrahimovic parecen casi irrelevantes dentro del balance final. El casi unánime reconocimiento de sus colegas de profesión y del fútbol en general, de reconocidos madridistas, el irreducible empeño en construir un equipo basado en lo más auténtico y primigenio del juego, pero al tiempo lo más difícil y meritorio, el pase del balón y la iniciativa en cada partido, con o sin marcador, formarán parte de su hoja de servicios.

En el club, el trabajo está hecho. Incluso Rosell, lejano al ideario cruyffista, agradecido como cualquier otro barcelonista, acepta el envite de Zubizarreta y, otorgando el mando a Vilanova, amortigua ligeramente la tristeza y la frustración y apuesta por la necesaria continuidad. El mejor legado de Guardiola será que sus ideas se perpetúen. No será fácil. El entorno deberá demostrar madurez y paciencia. Los jugadores, compromiso y ambición, sin olvidar aquello de todo ganado, todo por ganar. El presidente, inicia su mandato real, desprovisto ya del liderazgo de Guardiola fuera del campo, donde, muy a su pesar, fue escudo y portavoz en dos temporadas dificilísimas, por todo. Y Vilanova, un reto colosal, reemplazar al que es su mejor amigo pero a la vez una leyenda viviente. Preparado, parece estar.

Y cuando todo lo demás falle, detenerse unos minutos, reflexionar y recordar "No hi ha res més perillós que no arriscar-se. Persistirem".        

'Sentirlo', Pep Guardiola en El País, marzo 2007

'Entrenador por definición, Ramón Besa, mayo 2008'

'Paraula de Pep: I, II y III

'Seduits per en Pep', TV3 

'Guardiola siempre vuelve', Manuel Jabois

Foto: Guardiola, recogepelotas del Camp Nou en abril de 1986, con Víctor Muñoz, en la noche del Goteborg 


 
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