martes, julio 04, 2006

La memoria es mejor que la vitrina, por Santiago Segurola

La tradición obliga en este Mundial, donde cuatro equipos europeos disputarán las semifinales. Es casi ley que el reparto de títulos se acomode por continentes: Europa para los europeos y el resto del mundo para los americanos. Sólo un equipo ha roto la norma. Brasil ganó el Mundial de Suecia en 1958. Aquel equipo se hizo inolvidable no sólo por romper la estadística, sino por consagrar al debutante Pelé, al gran Garrincha y a la escuela brasileña de fútbol. Han pasado cerca de 50 años desde entonces, y Brasil ha dado jugadores excepcionales y equipos legendarios. La selección de 1970 está considerada la mejor de la historia, tanto por la categoría de sus futbolistas como por la brillantez de su juego. Era un equipo imbatible por muchas razones, pero la cuestión fundamental de su éxito se debió a la inteligencia de los jugadores. Desde Carlos Alberto, lateral y capitán del equipo, hasta Rivelinho, cuyo número 11 no tenía nada que ver con la realidad de su exquisito trabajo como centrocampista, aquel Brasil conquistó el mundo con una mezcla de naturalidad, armonía, precisión, belleza, cohesión y generosa interpretación del juego. ¿Cómo catalogar a un equipo que terminó el Mundial con la jugada colectiva más hermosa que ha visto el fútbol? El cuarto gol a Italia lo comenzó Tostao, su aparente delantero centro, como hombre más retrasado del equipo, al borde de su área. Allí comenzó un minucioso ejercicio de pases, casi todos al primer toque, interpretado por todos los grandes de Brasil. La pelota discurrió feliz entre aquellos prodigiosos pies, primero por la izquierda y luego hacia la derecha, en una memorable diagonal que coronó Pelé con su delicado pase a Carlos Alberto, que llegó como un tiro por la banda derecha y cruzó un remate al palo contrario donde se encontraba el pobre Albertosi, testigo cada vez más inquieto del desarrollo de la larga maniobra brasileña.

Esa jugada es el compendio del fútbol, el juego total. Se produjo hace 36 años. Desde entonces sólo otro Brasil se atrevió a desafiar a la versión original. Pero Brasil perdió en el Mundial de España. Es curioso, porque los aficionados no olvidan la derrota ante Italia. No lo olvidan porque fue algo muy relevante para el fútbol. Nadie olvida al Brasil de Leandro, Junior, Sócrates, Falçao y Zico, ni a la Holanda de Krol, Haan, Neeskens, Van Hanegem, Rensenbrink y Cruyff, ni a la Hungría de Boszik, Czibor, Hidekguti, Kocsis y Puskas. Sí, perdieron, pero no hay manera de borrar aquellos equipos de la memoria. ¿Quién se acuerda de Alemania en 1990, o de Brasil en 1994, o de Alemania en 1954, tan querida por su país por lo que significó en la postguerra, pero casi anónima para los hinchas de fútbol? ¿Quién se acordará de este Brasil que llegó a proclamarse superior al equipo de 1970? Es época de confusión en el fútbol, y lo superficial no deja ver la esencia de un juego cada vez más impresionante en su difusión y cada vez peor interpretado por equipos y jugadores. Las señales optimistas emitidas por el Barça o el Arsenal desde hace años no han encontrado eco en este Mundial, del que apenas se recuerdan cuatro partidos notables: la victoria de España frente a Ucrania, el triunfo de Alemania a Suecia, la goleada de Argentina a Serbia y la lección de Francia a Brasil.


Cuesta decirlo por todo lo que representa el país del fútbol, pero a Brasil le convenía perder. Nunca un equipo ha levantado tantas expectativas y ha jugado tan mal. Si es por puro fútbol, Brasil figura entre los peores del torneo, acompañado por Inglaterra, un equipo desnaturalizado desde hace seis años por Eriksson, uno de esos entrenadores que ganan mucho dinero y mucho prestigio por jibarizar a sus equipos. A Brasil le ocurre como a la selva amazónica: es la gran reserva mundial, pero corre un enorme peligro. Tanta caja mágica, tanto desprecio por la naturaleza del juego, tanta voluntad de ganar a costa de deforestar el fútbol, ha convertido a la selección brasileña en la antítesis de un equipo. Brasil confunde jugar con aprovechar algún destello de sus figuras. Desde hace años, posiblemente desde el Mundial de España, Brasil no ha jugado bien, o ha jugado casi siempre muy mal. Para los que defienden la estadística es sorprendente la respuesta del fútbol. No hay manera de olvidar al Brasil del 82, la obra del perdedor Telé Santana, y no hay manera de recordar los equipos de Parreira. Al final, vale más lo que permanece en la memoria. Lo otro es un trofeo guardado en una vitrina.

5 comentarios:

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