sábado, enero 27, 2007

Riquelme, el antilíder

El verdadero Román Riquelme estaba sentado en las gradas del Madrigal el sábado pasado. Es muy difícil que, ante una situación como la que él atraviesa, un jugador reaccione de la misma manera. Pero él no se perdía ningún detalle del partido que enfrentaba al Villarreal con el Sevilla. Sufría por su equipo. Sentía igual. Estaba ajeno a todo lo que rodeaba al campo, incluido él mismo, con esos pantalones vaqueros y esas zapatillas propias de alguien que no se preocupa por su aspecto. Al verle, me convencí de que seguía siendo como cuando lo conocí, hace 15 años, en Argentinos Juniors. Seguía comportándose como un niño que ama el fútbol. Acompañaba el balón con la mirada, como si estuviese en el campo, como si desde su asiento pudiese empujarlo. Sin prestarle atención a nada más. Manifestando su más profundo respeto por quienes saben jugar, se rindió ante un control de Kanouté con un gesto de asentimiento.

Siempre me asombró su inteligencia para simplificar. De todos los jugadores que he dirigido, niños y adultos, Román ha sido el más dotado para conducir a un equipo. A los 15 años ya manejaba todos los tiempos de un partido. Igual que ahora. Hacía mejor a sus compañeros. A los laterales les ponía el balón dos metros por delante para que centrasen bien perfilados; con los extremos era hábil para meterles el pase en el momento justo, para que ganaran la espalda a sus oponentes; a los nueves los hacía goleadores, y a los medios los volvía más ordenados. Después de 15 años no ha perdido la capacidad de hacer mejor a los demás. En la cancha es donde concentra sus sentimientos más elevados. Es su hábitat. Todo lo demás, para él, es secundario.

Es el dueño de la pelota. No lo acreditan sus palabras, sino sus hechos. En la final del Mundial sub 21 de Malaisia, en 1998, Argentina se enfrentó a Uruguay. El partido empezó mal para nosotros. Uruguay dominaba. Era el único equipo que había en el campo. Desde el banquillo lo veíamos todo negro. Los jugadores estaban perdidos. Pero en el momento de más desorientación ocurrió algo extraordinario. Román se acercó a la banda y me dijo: "Tranquilo, tranquilo, que ahora empiezo a jugar". Entonces empezó a pedir la pelota. Y con la pelota fue cambiando el ritmo del partido. En el momento de mayor desconfianza, cuando el equipo se había dejado atrapar por la inseguridad, Román tuvo claridad, convicción y sangre fría.

Otro momento que lo define es un partido del campeonato suramericano juvenil que jugamos con Brasil, en Chile. Antes de ir al estadio, en la charla técnica, hice hincapié en lo bien que le pegaban los brasileños a la pelota. Pedí a los jugadores que no hicieran faltas cerca del área y que armaran bien la barrera. En el descanso el partido iba 1-1, muy parejo. Recuerdo que Román recibió un balón al borde del área, producto de un rechace de los defensas. Amagó, pasó entre los dos centrales y, cuando el portero le salió al cierre, volvió a amagar. Hizo como que tiraba fuerte y la colocó despacito. Fue un golazo. Salió corriendo y fue al banquillo. Pasó a dos metros y me gritó: "¡José, cómo patean los brasileños!".

Román se abrió paso por la vida a golpe de puro talento. Por su calidad lo han querido hacer líder. Pero él es el antilíder porque nunca asume posturas demagógicas. Nunca perdió la sencillez de su juego. Esa sencillez hace que sufra lo que hay de artificioso y extravagante en el fútbol mediático. Da la impresión de ser un hombre hosco, una estrella. Pero es un niño. Tiene fama y dinero, pero sólo quiere ser un niño que juega al fútbol. Porque muere con su idea, es un antisistema en el fútbol moderno. En una industria que se alimenta de la imagen, no es capaz de sentirse cómodo. Tiene la rebeldía que antes tenían tantos jugadores y que hoy se ha perdido. No es que sea indisciplinado. Es que defiende a ultranza su identidad.

José Pekerman, El País

1 comentarios:

Ciber dijo...

un maestro Riquelme!
Junto con Bielsa y Pekerman de los pocos hombres que quedan en el futbol.

 
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