sábado, marzo 03, 2007

John Terry y la flema imperial

"Los delanteros te ganan partidos. Los defensores te ganan campeonatos". John Gregory, ex técnico del Aston Villa. Si uno desea comprender, sin echarle demasiadas ganas, cómo fue que una isla lluviosa del noroeste europeo logró controlar a lo largo de un siglo un imperio de medio mundo, tiene, al menos, dos posibilidades.

Una, alquilar la película Zulú, la recreación de una batalla del siglo XIX en la que 140 soldados británicos, 40 de ellos enfermos o heridos, repelieron a un ejército de 4.500 zulúes. El Sargento Bourne, corpachón y casi absurdamente flemático bajo fuego, es el personaje que define la improbable victoria de los pocos contra los muchos.
La segunda posibilidad es ver un partido de fútbol del Chelsea y fijarse en el capitán del equipo, y actual capitán de la selección inglesa, John Terry. Se ha hablado mucho en España, y con razón, del botellazo que le dieron a Juande Ramos el miércoles en el campo del Betis. Pero, ¿alguién vio la patada que le dieron a Terry en la cara el domingo pasado? Ni Mike Tyson... aunque fuera, a diferencia de lo ocurrido en Sevilla, un accidente. Terry, en un exceso demencial de coraje, colocó la cabeza en un sitio donde lo más sensato hubiera sido colocar el pie. El central londinense se quedó no sólo frito, sino azul. Se tragó la lengua y durante unos instantes dejó de respirar. Lo retiraron del campo inconsciente con una máscara de oxígeno.
José Mourinho, el entrenador del Chelsea, y varios de sus jugadores confesaron que llegaron a temer que podría morir. Pero lo llevaron al hospital, establecieron que viviría, y una hora y media después del patadón estaba de vuelta con sus compañeros de equipo, celebrando la victoria que acababan de lograr contra el Arsenal en la final de la Carling Cup. El equipo festejó el triunfo en un bar hasta las tres de la mañana. La cuenta de las bebidas fue de 45.000 euros. Terry, según la versión oficial, no bebió. Lo cual, si es verdad, y tomando en cuenta que en este aspecto el capitán inglés tiene fama de encarnar los vicios de su tribu, nos permite agregar una heroica autodisciplina a su lista de admirables cualidades.
El día siguiente Terry se declaró listo para volver al campo cuando el entrenador lo ordenara, pero los médicos le acosenjaron que, por precaución, no jugara este fin de semana. El centrocampista del Arsenal que le dio en la cara, en cambio, se ha lesionado el tobillo. Estará fuera por lo menos medio mes.
Si a Terry se le adornara con un buen bigote y patillas, se lo vistiera de rojo militar y se le pusiera una bayoneta en la mano sería la imagen del Sargento Bourne. Del mismo modo que el Sargento Bourne afeitado, vestido de pantalón corto y camiseta azul sería John Terry.
El capitán del Chelsea es un central fuerte, alto e imperturbable, cuya capacidad para repeler ataques enemigos ha sido el factor decisivo en los dos campeonatos que ha ganado su club en las últimas dos temporadas. Si hoy el Chelsea se ha convertido, de la nada, en una de las potencias futbolísticas de Europa, se debe en gran medida a la influencia de su capitán. Y no sólo por sus dones defensivos, por su garra e inteligente colocación, sino por el ejemplo moral que da a sus compañeros. Terry posee esa capacidad mágica, dificil de definir, de inspirar a los que le rodean, a comprometerles más con la causa. Samuel Eto'o tiene un impacto parecido sobre sus compañeros del Barça. Eto'o tira desde adelante; Terry empuja desde atrás. Como suele ser con los jugadores del antiguo imperio.
Inglaterra se ha distinguido a lo largo de los años más por la calidad de sus defensores que de sus jugadores de ataque. El fútbol inglés, como la pintura inglesa, produce pocos artistas de renombre. Lo que sí hay en abundancia son buenos soldados. John Terry forma parte de una venerable tradición.

John Carlin - El País

El Hacha de Rubén Uría El Capitán Maravilla

1 comentarios:

en un momento dado dijo...

Leyendo el post he recordado un comentario de Giuly hamblando de Puyol, donde decia que Puyi pone la cabeza donde los demás no se atreven a poner el pie.

 
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