lunes, marzo 12, 2007

La meca del fútbol

"Está ahí para recordar a los nuestros para quién juegan y para recordar a los rivales contra quién van a jugar". Bill Shankly, antiguo técnico del Liverpool, sobre la placa situada a la entrada del estadio y que pone This is Anfield.

El fútbol, valga la redundancia, es la gran religión del mundo, la que une a todas las razas, creencias, ideologías, naciones y nacionalismos. La excepción, el gran país pagano, es Estados Unidos. Pero ya llegarán.
Como toda buena religión, el fútbol tiene su Vaticano, su Meca. Se llama Anfield, el estadio del Liverpool. Si alguien lo dudaba antes del partido del martes contra el Barcelona, ya no dudará más. No era necesario estar ahí. Con verlo por televisión era suficiente para entender lo que se vivió allá esa noche. Fue una experiencia trascendental, en el sentido auténtico de la palabra. Uno oía a aquellas 44.000 almas coreando el himno del Liverpool, You'll never walk alone, y sentía una ola de solidaridad con la humanidad, una conexión con el universo, más allá de las banalidades materiales o los problemas familiares.

Y, si no es así, ¿cómo se explica que incluso los aficionados del Barça en Anfield cantaban la canción del enemigo con fervor? ¿O que yo mismo oyera a un señor en el pueblo catalanísimo de Sant Pere de Ribes tan emocionado que, minutos antes del comienzo del partido, se puso a cantar a toda voz, en un inglés admirablemente correcto, Walk on, walk oooon, with hope in your heart...? ¿O que, al final, la afición del Liverpool coreara "¡Barça! ¡Barça!" en homenaje a un gran rival, al que el defensa estelar del Liverpool, Jamie Carragher, tuvo la grandeza de describir después del encuentro como "el mejor" equipo de Europa?

Tan especial fue esa noche que ocurrió algo insólito. Se hizo justicia divina. El perdedor mereció ganar... ¡y ganó! El Liverpool perdió 0-1 un partido que debería haber ganado 4-2, pero fue el ganador de la noche porque fue el que pasó a los cuartos de final de la Champions. Y, encima, fue un partidazo de principio a fin. Se jugó a un ritmo trepidante (comprobándose una vez más que, como entendió el mítico entrenador Bill Shankly, el fútbol es más que una cuestión de vida o muerte) y cualquiera de los dos equipos podría haber ganado hasta el último segundo.

Los nuevos dueños del Liverpool, un par de multimillonarios norteamericanos bien mayores, presenciaron el partido desde el palco boquiabiertos. Tom Hicks y George Gillet son grandes amantes del deporte. Hicks tiene un equipo de béisbol y otro de hockey sobre hielo. Pero hasta la noche del martes no supieron lo que era el deporte de verdad, la grandeza del fútbol en su máxima expresión. "He visto muchos eventos deportivos en todo el mundo", dijo Hicks al final del encuentro, "pero nada que se aproximara a esto". "Nunca en mi vida", dijo Gillet, "he visto u oído nada como esto".

Un par de días después del partido comentaba un amigo vasco, aficionado (pobre hombre) de la Real Sociedad, que todos los que nos consideramos devotos del fútbol deberíamos hacer un peregrinaje a Anfield al menos una vez en nuestras vidas. Pero, aunque lo hagamos, nunca nos acercaremos a la enorme suerte que tiene Xabi Alonso, ex de la Real, de haberse convertido en uno de los mitos vivientes de la afición del Liverpool. Y a la de los otros españoles del Liverpool, Luis García, Pepe Reina y el más reciente fichaje español, Álvaro Arbeloa, un descarte del Real Madrid que ya es héroe en Anfield tras haber neutralizado a Leo Messi no en uno, sino en dos partidos seguidos. Después del breve encuentro que tuvo con la ópera del Bernabéu, Arbeloa debe de estar en el cielo.

Y en cuanto a Rafa Benitez, después de un comienzo de temporada no muy luminoso, ha vuelto a ser el dios español del Liverpool. O, al menos, el papa. Su éxito como entrenador allá lo deberíamos celebrar aquí en España como los polacos cuando Wojtyla fue elegido sumo pontífice romano. Como motivo de orgullo nacional.

El hombre conocido en toda Inglaterra como Rafa ha sabido cumplir con una eficacia abrumadora el primer requisito de cualquier entrenador: hacer que el equipo sea mejor que la suma de sus partes. Además, como se comprobó contra el Barça, pocas personas en el mundo del fútbol están a la altura de su brillantez táctica. Ese partido lo ganaron el sudor de los jugadores y el cerebro de Benítez.

Se habla a veces de que podría volver a entrenar a un equipo español. Si volviera por la familia, por el sol, por las tapas..., se podría comprender. Pero por el fútbol, por el amor al deporte rey, que se quede en Anfield el resto de su vida, que siga alimentando la leyenda.

John Carlin - El País

1 comentarios:

Jordi dijo...

¡Gran artículo!

 
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