lunes, diciembre 10, 2007

El nómada y el sedentario

El 20 de noviembre asistí al partido Colombia-Argentina, que concluyó en Suramérica la primera fase rumbo al Mundial de Suráfrica. La selección albiceleste llegó a Bogotá con un récord perfecto y un técnico fantasma. Los ojos de Basile aún veían los cinco goles que los colombianos le anotaron antes del Mundial de Estados Unidos. El Coco tuvo la mala suerte de dirigir a Argentina esa noche y llegar al Campín 13 años después sin haber perdido la memoria.
La selección de Colombia ya no parece un surtido de la raza cósmica donde es lógico que un mulato sea rubio. Sólo se distingue de equipos africanos por sus nombres de realismo mágico: Tresor, Mahler, Magneli y Rubén Darío. Algunas cosas han cambiado, pero Basile no puede dar la mano en Bogotá sin recordar que cada dedo representa un gol en contra.

La tempranera expulsión de Tévez y un gol en posible fuera de lugar empañaron un resultado conseguido con más esfuerzo que calidad. Aun así, el triunfo de 2-1 llenó de júbilo a los colombianos y permitió sacar conclusiones. Cuando un gaucho ve una fogata, toca un tango en la guitarra. Tal vez por eso, la selección argentina se pone triste en los momentos de lumbre. En la pasada Copa América dominó los partidos de trámite y en la final perdió 3-0 ante los suplentes de Brasil. Un célebre grafiti dice: "Bogotá: 2.600 metros de paranoia". Basile entendió la parte del miedo, pero no la de la altura. Su equipo se quedó con 10 hombres y Riquelme sufrió mal de montaña sin que él reaccionara.

Hay jugadores televisivos que solo despiertan cuando los enfoca una cámara. Riquelme es un artista de potrero al que hay que apreciar aunque no tenga la pelota. Lo vi por primera vez en el Estadio Azteca en 2001, cuando el Boca Júniors visitó al Cruz Azul, en la final de la Copa Libertadores. Experto en pausas y pases de aceleración, marcó el ritmo del partido. Meses después, contemplé en el Camp Nou a un azulgrana que se llamaba como él pero lucía extraviado y se dirigía al árbitro como si pidiera las señas de un hotel.

Tampoco en el Villarreal volvió a ser el del Boca. En la semifinal de la Champions falló un penalti y salió del campo mordiendo la camiseta amarilla. Luego, Pellegrini decidió que un volante que vive de la inspiración es prescindible en un equipo que aspira a ser una máquina.
En un deporte globalizado, Riquelme es un talento, un vino excelso que se avinagra lejos de la pampa. Aunque siempre ha habido jugadores caseros, él lo es de forma absoluta. De acuerdo con Martín Caparrós, autor de Boquita, Riquelme practica un arte primitivo; no juega para competir sino para jugar. Cuando conquistó su primer trofeo, Carlos Bianchi tuvo que decirle: "Andá, Román, andá a festejar que esto no lo vas a disfrutar todos los días".

Durante Alemania-2006, coincidí con Bianchi como comentarista de televisión. Ningún entrenador ha sido tan significativo para Boca. "Bianchi compartía con Dios esa posibilidad de darle sentido a las cosas, de llevarnos a aceptar sus decisiones como un misterio superior a nuestra comprensión", comenta Caparrós.

Aproveché los días de Alemania para hablar con el profesor de la mitología que ha protagonizado. En una de esas ocasiones sonó su móvil y dijo: "No, negro, no puedo hacer nada, ya tenés otro padre". Cortó la comunicación de manera enfática. "Es Riquelme", informó.

Hay a los que ningún sueldo les quita la orfandad. Riquelme necesita ser adoptado. Con una mezcla de apuro y satisfacción, Bianchi se hacía a un lado para que Pekerman cumpliera esa tarea. Imaginé la soledad del astro en su concentración, llamando al protector que le dio la orden de ser feliz. Curiosamente, Riquelme pasa de sentirse al margen a sentirse líder. La selección de Basile gira en torno a sus zapatos. Contra Colombia, se vio disminuido por la inferioridad numérica, la altura y las semanas sin jugar, pero el técnico lo dejó ahí, para no deprimirlo sustituyéndolo.

Inexportable, Riquelme es el sedentario que busca apropiarse del balón. En cambio, Messi es el nómada que imagina vías de escape. Fuera de la cancha, uno busca un tutor y otro un gameboy, uno requiere descanso y otro se aclimata con el jet lag. Un genio de barrio y un genio de franquicia.

El fútbol depende de atavismos. Las canchas no son ajenas a las estirpes de Abel y la de Caín: los que se van y los que se quedan. Unos escapan con el balón, otros lo retienen. Si discrepan, la tribu se rompe, según cuenta la Biblia, primer libro de táctica esencial.

Juan Villoro en El Periódico de Catalunya
 
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