domingo, diciembre 16, 2007

Homenaje a Sir Bobby

"Es mi amor, mi vida, mi droga, mi motivación". Bobby Robson, sobre el fútbol.

Sir Bobby Robson recibió el que quizá sea el último premio de su vida. Carcomido, a sus 74 años, por una enfermedad mortal, el ex jugador de la selección inglesa y ex entrenador del Barcelona, el Newcastle, el Ipswich Town e Inglaterra y muchos equipos más recibió el aplauso más sonado de la noche el domingo pasado en una gala organizada por la BBC para homenajear a los mejores deportistas británicos del año.

Como Robson no se ha batido este año ni contra Alemania ni contra el Real Madrid, sino contra un cáncer de pulmón y una parálisis parcial provocada por un derrame cerebral, lo que le dieron fue un trofeo en reconocimiento a su trayectoria profesional, honor que la BBC ha concedido, a lo largo del medio siglo que lleva celebrando este evento anual, a sólo cuatro deportistas: Pelé, Bjorn Borg, Martina Navratilova y George Best.

De los millones de televidentes que lo vieron salir al escenario, caminando con dificultad pero sonriente como un niño, ninguno dudó de que se merecía el galardón. No sólo por el más de medio siglo que ha dedicado al fútbol desde que comenzó como jugador profesional en el Fulham, a los 17 años, sino con igual mérito por la honradez, el buen humor y el entusiasmo que siempre ha rebosado.

Al aceptar el premio, el pequeño discurso que dio no llamó la atención a sus virtudes, sino a la gente que le ha acompañado en su largo viaje deportivo. "Nadie gana nada solo", declaró Robson; "este premio es ante todo una oportunidad para que pueda dar muchísimas gracias a toda la gente que me ha apoyado. Sin los jugadores, sin la gente que trabajó conmigo, no estaría aquí esta noche".

Muchos más no estarían donde están si no hubiera sido por él. Empezando por José Mourinho, el traductor que el club le puso cuando llegó a entrenar al Sporting de Lisboa y que después se llevó al Barcelona, en el que poco a poco fue asimilando la experiencia e información necesaria para convertirse en un exitoso y multimillonario entrenador. Lo triste es que Mourinho no le ha devuelto el favor. Desde que llegó al Chelsea, el portugués no ha contestado las llamadas de sir Bobby. Algún resentimiento, dice gente cercana a los dos, que Robson no acaba de entender. Tal vez porque carece de imaginación mezquina. Lo que es cierto es que Mourinho será un gran técnico y también un gran showman, pero no es un gran hombre. A diferencia de Robson, que, con la excepción de Mourinho, preserva el afecto de toda la gente que le ha rodeado a lo largo de su carrera.

En el Barça no le trataron muy bien al principio, traumatizado como estaba el mundo culé tras la salida de su venerado Johan Cruyff. Se reían de sus pobres esfuerzos para hablar el castellano y le llamaban abuelo, en parte porque era mayor, en parte porque se creó un consenso entre muchos analistas expertos del mundillo español de que no entendía nada de fútbol, de que carecía de visión y sofisticación táctica. Lo cual delató más que nada los prejuicios y la ignorancia de la gente que lo decía. Podría ser que no tuviera las virtudes ajedrecistas de su sucesor, Louis van Gaal, pero su trayectoria, definida siempre por una contagiosa energía motivadora, hablaba por sí sola. Lo que logró en los comienzos de su carrera como entrenador fue milagroso.

Convirtió al diminuto Ipswich Town en una potencia futbolística tanto en Inglaterra como en Europa. Ganó con el Ipswich la Copa inglesa y la de la UEFA y fue el equipo que más guerra le dio en la Liga al gran Liverpool de finales de los 70. Como seleccionador de Inglaterra, equipo con el que nadie ha hecho nada con la excepción de Alf Ramsey en 1966, tuvo dos excelentes Mundiales. En 1986 llegó a los cuartos de final, en los que Inglaterra quedó eliminada por la mano de Dios de Maradona, y en 1990 perdió en las semifinales contra Alemania por penaltis. Si Fabio Capello, el flamante seleccionador inglés, logra lo mismo, la reina le hará sir también.

Capello le venció en el mano a mano que tuvieron los dos en la temporada 1996-97 como entrenadores del Madrid y del Barça, pero una vez más, como ser humano, como buena persona, el solemne, engreído, sargento italiano jamás podrá competir con sir Bobby.

John Carlin en El País

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