lunes, mayo 12, 2008

Entrenador por definición

Valentí Guardiola le ha montado un museo a su hijo en una de las habitaciones de la casa familiar de Santpedor con una serie de piezas de coleccionista. Algunas comunes y otras más sentimentales. La última que reunió las pasadas Navidades es una fotografía ampliada de Antonio Espejo en la que se aprecia cómo Pep Guardiola aplaude como recogepelotas del Camp Nou a Terry Venables mientras el técnico inglés es levantado a hombros por sus futbolistas la noche en que el Barcelona alcanzó la final de la Copa de Europa de Sevilla-86 después de ganar al Gotemburgo en los penaltis. Más que por amor de padre, Valentí supo desde que Pep salió de casa a los 13 años que no pararía hasta alcanzar el banquillo del Camp Nou porque siempre fue un entrenador por definición. Ocurre que Valentí nunca imaginó que sería justamente la misma temporada en que colgó la foto de Pep mirando a Venables. Así de caprichosos son los guiños del fútbol, al fin y al cabo una cuestión de fe como tantas cosas en la vida.

Joan Laporta anunció el jueves que Guardiola, de 37 años, técnico del filial, será el entrenador del Barça seguramente para las dos próximas temporadas, que son las que le quedan de mandato al presidente. Valentí se enteró un poco antes por boca de Pep. La condición de padre no le había servido hasta entonces para sonsacar a su hijo sobre las posibilidades de que se convirtiera en el técnico azulgrana por más que la prensa anunciara la buena nueva para la familia y que Pere Guardiola, hermano de Pep, le susurrara a su progenitor: "Prepárate porque te aguarda una noticia muy gorda". "El día en que esté hecho serás el primero en enterarte", respondió Pep a Valentí; "mientras tanto, piensa en el B". Valentí se enteró del ascenso de su hijo sólo unas horas antes de ser oficial y ayer, como es su costumbre, presenció el Barça B-Sant Andreu en el Miniestadi antes del Barça-Mallorca del Camp Nou como si nada hubiera pasado el jueves.

Al lobby, como maliciosamente se conoce a la gente más próxima a Guardiola, le aguardaba la misma respuesta que a Valentí hasta la semana pasada. ¿Es cierto que serás el entrenador del Barça? El demandante balbuceaba mientras preguntaba a Pep porque ya sabía la respuesta. Nadie que sea ajeno al club sabrá de los asuntos del técnico por su boca, y menos sus personas más cercanas, de manera que son sus críticos quienes llevan la voz cantante en los debates sobre el banquillo azulgrana. Los amigos le defienden frente a sus enemigos, y no necesariamente a partir de su obra, sino de su manera de ser. Alrededor de Guardiola, celoso de su intimidad, siempre ha habido mucha literatura porque el personaje abona el misterio.

Guardiola sospechaba desde finales del año pasado que era uno de los candidatos a sustituir a Frank Rijkaard siempre que Laporta prescindiera del técnico holandés ante una segunda temporada sin títulos, como al final ha sucedido. El director deportivo, Txiki Begiristain, y el vicepresidente deportivo, Marc Ingla, se han reunido desde entonces no menos de tres veces con Guardiola después de una toma de contacto con José Mourinho. También el presidente se ha entrevistado obviamente con el entrenador catalán y se sabe que Johan Cruyff acudió en su día al Miniestadi para contrastar su faena con el filial y que el pasado lunes tenían pactada desde hace tiempo una conversación.

Begiristain apostó por Guardiola desde que ambos resolvieron sus cuitas por un comentario del secretario técnico que incomodó al futuro entrenador del Barça. Resulta que Evarist Murtra, responsable deportivo en la candidatura de Lluís Bassat a las elecciones de 2003, anunció en la presentación de Guardiola como futuro secretario técnico que su contrato era tan ejemplar que era digno de figurar en el Museo del club. La afirmación provocó un comentario irónico de Begiristain y Guardiola se lo tomó a mal. Txiki vino a decir que sería su acuerdo el que se expondría después de que Laporta accediera a la presidencia.

Begiristain se mantuvo al margen de las elecciones, justo lo contrario que Guardiola, muy visible en la foto de campaña. A Guardiola se le reprochó precisamente que no prometiera un sólo fichaje como cebo frente al álbum de cromos que exhibió Laporta con Beckham a la cabeza. Hubo incluso quien le responsabilizó de la derrota de Bassat mientras otros le tacharon de ingenuo por quemarse cuando se imponía aguardar el resultado de la votación, como hizo Begiristain. Guardiola quería tener el refrendo de los socios para el cargo y, una vez que no fue elegido, tocó a retirada del escenario azulgrana para continuar su carrera en Qatar y México, pleitear después con la justicia italiana hasta ser absuelto de la acusación de dopaje con la que fue penalizado en el Brescia y sacarse finalmente el título de entrenador en España (2006).

A Guardiola le apeteció desde entonces coger un equipo. Descendido el filial, Begiristain preparaba una reestructuración técnica y había pensado en incorporar a Guardiola como coordinador de las categorías inferiores hasta que supo por boca de Murtra, uno de los directivos que se había incorporado a la junta de Laporta desde la candidatura de Bassat, que prefería un trabajo de campo en el fútbol base. Y Guardiola se sintió especialmente dichoso cuando se convino que entrenaría el Barça B. Laporta le presentó con una frase lapidaria: "Toda mi vida quise ser Guardiola". Herederos ambos de la cultura cruyffista, a Laporta le seducía sobre todo la manera cómo Guardiola había interpretado en la cancha el juego del dream team cuando los más ortodoxos del fútbol le tenían por un jugador muy limitado.

Nunca fue rápido, jamás tuvo regate ni tiro, tampoco desbordaba y huía de las acciones divididas, y, sin embargo, el equipo jugaba a la velocidad de la luz cuando Guardiola tiraba la línea de pase desde su puesto de 4. Tic-tac, tic-tac, pim-pam, pim-pam, fiuuu... Un remate cada tres minutos. Tenía el partido en la cabeza, visualizaba la jugada un segundo antes que el rival y más que la extensión del entrenador era el entrenador en persona, circunstancia que alimentó la maledicencia por entender que su intervencionismo y gestualidad no sólo eran excesivos, sino que comprometían al banquillo. Por defecto o por exceso, siempre fue protagonista. A los 19 años ya jugaba en el Barça; a los 30 competía en Italia; a los 32 se presentaba para secretario técnico, a los 36 entrenaba al Barça B y a los 37 dirigirá al Barça.

Guardiola siempre salió ganador de los desafíos que sus propios valedores consideraban desproporcionados en el tiempo. Los técnicos del filial pensaban que Cruyff cometía un infanticidio cuando le llamó para el Camp Nou después de que le negaran a Molby. Hubo mucha burla cuando salió del estadio para jugar en el Juventus y recaló en el Brescia porque Lippi no pensaba lo mismo que Ancelotti. Y pocos saben que Mazzone, el técnico del Brescia, le recibió diciendo que no le necesitaba y acabó siendo el capitán. Aprendió Guardiola qué eran las jugadas episódicas cuando recaló en el Roma de Capello, conversó cada tarde con Pepe Macías, extremo del Santos, sobre el Brasil de Pelé en Qatar, fue el único que le quitó la palabra de la boca a Lillo en México y recuerda con gratitud a Clemente y Camacho en la selección española.

Absorbió como una esponja y procesó la enseñanza con su experiencia barcelonista para finalmente sentarse en el banquillo. Nacido en el Barça, se había convertido en un hombre de mundo. No es un cruyffista cualquiera, sino que asume un estilo por amor y no por adulación, así que su obsesión es generar las mejores condiciones de juego para que se impongan las esencias del fútbol. Le preocupa la táctica, la medicina, la alimentación, la preparación..., y, evidentemente, las aplicará porque le interesa especialmente el fútbol y entiende que el oficio sólo se dignifica con la dedicación. A fin de cuentas, Guardiola entrena como jugaba y vivía, expuesto a la crítica, sabedor de sus limitaciones, pero convencido también de su verdad.

No comparece antes de los partidos, practica a puerta cerrada y en algún campo de Tercera División le tienen por un exhibicionista. Nada nuevo. En su día, cuando no jugaba por una lesión, le acusaron de tener la peste, de ser víctima de un nacionalismo enfermizo, de ramplonería por su alineamiento con Martí Pol y Lluis Llach. Ajeno al run-run y al qué dirán, Guardiola camina feliz por la Ciudad Deportiva, hasta hace muy poco un escenario alejado, poco valorado, nada conocido, incluso repelente para los profesionales del fútbol barcelonista. Hoy, en cambio, en la nueva fábrica del Barça luce tanto el sol y se trabaja tan a gusto que muy bien puede ser el futuro campo de prácticas de la plantilla azulgrana.

El entusiasmo de Guardiola es contagioso y la Ciudad Deportiva transmite salud, credibilidad, fútbol al natural. En juego está el ascenso del filial y a Guardiola no hay quien le distraiga, ni quienes le suponen víctima de lo que fue el banquillo (Rijkaard) o de lo que pudo ser (Mourinho), ni los que le anuncian como el nuevo mesías del Barça. ¿Acaso a Rijkaard no le fue peor cuando más experiencia tuvo? ¿O es que Mourinho le garantizó la Champions al Chelsea? La honradez y el talento le permiten callar para que hablen los demás. La opera prima de Guardiola se rodará en el escenario con el que sueñan consagrarse los mejores. Su carrera empieza donde los demás entrenadores sueñan con acabarla, señal inequívoca de que una vez más se ha salido con la suya.

Así que cualquier día de estos Guardiola llamará a Orobitg, su agente, y, al igual que ya hizo cuando fue contratado para el filial, le dirá: "Josep María, ve y firma. No preguntes". Ninguno de los suyos le pregunta nada a Guardiola, sino que las cosas se imponen ahora con la misma naturalidad que cuando debutó como futbolista, estrenó capitanía o decidió complementar su formación barcelonista en el extranjero.

Valentí tiene prohibido encargar su foto del estreno en el banquillo hasta que un día le saquen a hombros como a Venables. Quienes piensen que jamás habrá ocasión para tal retrato son personas de poca fe.

Foto: Migueli y Clos aúpan a Terry Venables en presencia de un niño recogepelotas llamado Pep Guardiola. 1986.

Ramón Besa en El País
 
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