jueves, marzo 04, 2010

El fútbol no puede ausentarse

A diferencia de la literatura de ficción, por ejemplo, en fútbol queda hasta ridículo intentar una interpretación singular de lo sucedido desde un ángulo digamos que inédito. Porque, por lo general, también ese ángulo ha sido ya capturado por una multitud de desconocidos con vocación de raros. O sea que no hay nada que hacer. Se habla hoy en día de fútbol desde tantos puntos de vista que se agota el tema y, si uno quiere escribir de fútbol, lo más recomendable es acogerse a la operación más negativa que pueda recomendarse a un escritor de ficciones: ponerse el amparo del sentido común.

Nada queda fuera de la vista de los aficionados, lo que deja escaso margen para inventar. Y esto me recuerda lo que John Ford contestó (habló en plural, como tantos americanos) cuando le preguntaron si soñaba a menudo.

- Casi nunca soñamos ya. Y si lo hacemos se nos olvida. Como hablamos de todo, no nos queda nada para soñar.

Hablar tanto de fútbol termina por poner al descubierto que los seres humanos, hasta los más excepcionales, tienen sus límites. A veces, el asunto adquiere tonos patéticos. El taconazo de Guti, por ejemplo. Se agotaba la noticia en el propio taconazo y, sin embargo, pasamos una semana hablando de la supuesta gesta. El fútbol sirve para recordamos semanalmente nuestros límites. Ya se encargan otras actividades más presuntuosas de enmascarar, de disimular nuestras carencias como humanos. Hay disciplinas que se encargan ellas mismas de no agotar sus temas. Por eso, políticos, economistas y científicos hablan de forma tan intrincada, utilizando un lenguaje enrevesado que disimula hábilmente los trágicos contornos de nuestros límites como humanos. El fútbol, en cambio, insiste todas las semanas en ser ingenuo, humilde y hasta generoso y no tiene reparo en mostrar alegremente las vergüenzas de la condición humana, tan limitada. Todo eso lleva a que el fútbol no pueda ausentarse. Es clave para nuestras vidas, para un ecosistema que descansa sobre la necesidad de que creamos que somos limitados sólo cuando hablamos del taconazo de Guti, pero nunca cuando lo hacemos de política, economía, ciencia.

Es una pena que le esté prohibida la afonía al fútbol, porque ésta aumentaría su prestigio. ¿O no se da el caso de que añoramos a antiguos presidentes de la nación, a veces incluso a los más zoquetes, tan sólo porque con su desaparición por el foro nos han hecho casi olvidar aquellas pavorosas limitaciones que nos mostraban en el desgastador día a día? De Zapatero y Rajoy, por ejemplo, si algún día comenzáramos a verlos con menor frecuencia, es posible que pudiéramos olvidar incluso sus obvias y humanas limitaciones, tan evidentes actualmente en los machacones informativos.

Tiene un gran éxito ausentarse. Retirarse a un segundo plano es no desgastarse y alcanzar un prestigio que de ningún modo se alcanza apareciendo hasta la saciedad. La semana pasada, por ejemplo, el prestigio alcanzado por el lateral Alves del Barça fue grandioso. Lesionado durante dos semanas, se le convirtió en la reencarnación de la leyenda de Julio César Benítez, mítico lateral derecho de la historia del Barça, muerto en 1968 en la plenitud de su arte. De pronto, en el inconsciente colectivo, Alves pasó a representarle y se esperó su reaparición como si fuera el legendario rey Sebastián de Portugal, aquél al que en su país aguardan todavía conmovidos desde que desapareció en 1578 en batalla. Y Alves no defraudó. Gracias a su ausencia, ahora todo el mundo lo ve como el único extranjero imprescindible de este Barça. Los otros indispensables son de la cantera, son Xavi, Iniesta, Piqué, Messi, Valdés y Puyol. Pero es más, desde el sábado Alves es el único extranjero que parece hecho en las categorías inferiores del Barça. Recuerda a Luis Enrique cuando en la época de Van Gaal, por su entrega y fiabilidad sentimental absoluta, comenzó a parecer barcelonista de toda la vida. El segundo gol del Barça al Málaga, gol nacido en Xavi, que le hizo un pase en tiralíneas a Alves para que éste centrara y rematara Mess llevó el sello inconfundible del estilo de la cantera barcelonista. El ausente, el tan deseado Alves, rey de Portugal por dos semanas, se pasó el partido ante el Málaga centrando. Las estadísticas dicen que nunca había centrado tanto y nunca había sido tan de la cantera. Eso también habrá que analizarlo a fondo. Hasta agotarlo.

Enrique Vila-Matas en El País
 
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