viernes, mayo 28, 2010

Recuerdos de los Mundiales: Zidane o la primera vez



Ganar, por primera vez para tu país, la Copa del Mundo del fútbol debe de ser (uso el condicional muy a propósito, desde el desconocimiento como español… al menos hasta el próximo 11 de julio) una sensación indescriptible: orgullo, saberse un pionero, un elegido. Zinedine Zidane, como protagonista absoluto, lo logró para Francia en 1998, además en casa, en París.

Aquel equipo, dirigido por Aimé Jacquet, incluía jugadores de quince etnias distintas, absolutamente multirracial; en un ejemplo para los tiempos que corren en el país (periodicos estallidos de violencia de los jóvenes marginados de la periferia que Sarkozy calificó como “escoria” en 2005), demostraron una identificación brutal con la idea de una Francia campeona del Mundo. El sueño del fútbol como factor de integración. Parecía que estaban en una misión, y lo lograron. En un documental sobre aquel equipo en ese Mundial, “Les yeux dans les bleus”, se muestra esa magia.

Francia pasó la primera fase con tres victorias, ante Dinamarca, Sudáfrica y Arabia Saudí. Pero el camino en las eliminatorias resultó tan duro de recorrer como un pavé de su vecina Flandes. En octavos, sólo un gol de Laurent Blanc terminando la prórroga sirvió para desmontar la estrategia defensiva del Paraguay de Gamarra y Chilavert. En cuartos, partidazo ante Italia que se quedó sin goles y tuvo que ser resuelto en la tanda de penalties. Y en la semifinal, ante una sorprendente Croacia, Liliam Thuram marcó los dos únicos goles de toda su carrera como internacional (142 partidos) para ganar 2-1 y optar en la ansiada final al título. Jacques Chirac calificó aquel día como “el día más bello de la historia del deporte francés”. Thuram lo celebró escuchando a Miles Davis en el hotel de concentración…

Brasil, con Roberto Carlos, Dunga,  Leonardo,  Rivaldo,  Bebeto  y Ronaldo era el rival. El durísimo rival. Nunca sabremos si fue cierto que Ronaldo, en la cumbre de su carrera, sufrió un síncope previo al partido que le impidió jugar a su nivel, pero la realidad nos dejó a una Francia superior. Aun jugando con un ariete como Guivarch (el titular comenzó siendo Dugarry, por delante del joven Henry) y con Karembeu, Francia se apropió del balón y casi del estilo en principio reservado a su rival. Tenían una defensa estupenda (incluido Barthez, al que los besos de Blanc en la calva antes de cada partido dotaron de una fe en sí mismo infinitamente mayor que la que tuvo en el resto de su carrera), con Thuram, Lebouef (que sustituyó al sancionado Blanc, Desailly y Lizarazu. Y un medio campo con las dosis justas de trabajo que aportaban Petit y Deschamps, mezclando con el talento de Djorkaeff y, claro, Zidane. Sus dos goles de cabeza, tras sendos saques de esquina, otorgaron a Francia la gloria. Por el camino más inesperado, pero sin duda de manera merecida.

Publicado originalmente para El Reportero Sony Ericsson
 
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