sábado, junio 12, 2010

La ingenuidad al menos no aburre


Por mucho que Parreira ocupe su banquillo, pese a los sutiles beneficios que disfrutan los equipos anfitriones en el Mundial (sobre todo si son modestos), Sudáfrica abrió su Copa del Mundo frente a México mostrando esperadas virtudes y también nos enseñó a los sospechosos habituales. Pero, de momento, y hasta que no veamos el debut del resto de selecciones, los defectos son solo suyos. Sí, parecen ingenuos para el fútbol de élite, pero generalizarlo para todos los equipos africanos como si fuera un solo equipo es lo mismo que si afirmamos que España, Francia, Inglaterra o Alemania juegan igual por ser todas europeas. "Una de las selecciones africanas llegará seguro a las semifinales", dijo ayer Lothar Mathäus. Supongo que el alemán compartiría que Costa de Marfil es mejor equipo que Argelia, o que Camerún no tiene nada que ver con Nigeria, ¿no?


Pero sigamos con Sudáfrica. Estremecidos por la responsabilidad, sin Mandela en el palco por una desafortunada tragedia familiar, los bafana bafana no parecían ese equipo digno y alegre que vimos en la Copa Confederaciones el año pasado y en algún amistoso reciente. Sin atrapar el balón, desplegados en un 4-4-2 demasiado rígido, excesivamente académico, y agolpándose atrás para defender, sin presionar al rival. Media hora larga tardaron en quitarse los nervios. Mientras tanto, ¿qué hacía México? Tuvo alguna ocasión, sobre todo en remates tras saques de esquina, pero por lo general, perdieron el tiempo. El equipo de Aguirre ejemplifica y da sólidos argumentos a todos aquellos que ningunean el juego de posesión. Claro, si te equivocas de deporte y lo conviertes en balonmano, es aburrido. Alrededor de Márquez México tocaba y tocaba, pero siempre lejos de la portería rival y a una velocidad insuficiente, siendo generosos, para desequilibrar a los sudafricanos. Sólo Gio dos Santos abandonaba el guión de vez en cuando, pero pareció el mismo futbolista que irritaba en el Barcelona: mucho ruido, pocos frutos.

La primera vez que Sudáfrica agarró el balón de verdad, lo tuvo con criterio y engarzó varios pases. Llegó a portería. La segunda, un poquito mejor. A la tercera, ya en la segunda parte, alcanzó el gol, un excepcional disparo de Tshabalala. México, aumentando un 0,1 por ciento el ritmo de su fútbol, con Hernández y Blanco en el campo, logró cazar un empate tras un centro en el que ocho sudafricanos realizaron bien el fuera de juego...salvo uno, a dos metros del resto de sus compañeros y cerquita de Márquez, que lo aprovechó en el segundo palo.

En los partidos inaugurales nadie quiere perder. Sudáfrica, con demasiada y comprensible emotividad, tuvo coartada. México no. Sobre todo por dar razones a los que se aburren con el toque.
 
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