martes, diciembre 14, 2010

La noche de los mil toques


Old Trafford, Manchester, norte de Inglaterra. 29 de abril de 2008. El FC Barcelona se presenta en el feudo de los diablos rojos buscando la clasificación para la final de la Champions League en Moscú, con el 0-0 del partido de ida en el Camp Nou, que aporta esperanza y miedo a partes iguales. El equipo sabe que afronta la última oportunidad: ha perdido la Liga 2006-2007 en la última jornada, con los goles postreros de Tamudo y Van Nistelrooy como símbolos de una derrota anunciada. No tiene opciones en la campaña 2007-2008 y los jugadores están irreconocibles. Saltan al Teatro de los Sueños Valdés, Zambrotta, Puyol, Milito, Abidal, Touré Yayá, Xavi, Deco, Messi, Iniesta y Eto’o. También jugó Henry. Y Bojan. Al United le faltaron Vidic y Rooney, y no fue el mejor partido de las respectivas carreras de Cristiano Ronaldo y Tévez. Todo dio absolutamente igual. Un disparo de Paul Scholes en el primer cuarto del partido dejó sin reacción al equipo azulgrana, que coronó su decadencia con el paradigma del toque inútil, del balonmano fuera de su hábitat natural, de la incapacidad de un entrenador, Rijkaard, para obtener algo más que desidia de un grupo de futbolistas campeones de todo no hacía tanto. Del dolor por la pérdida en el camino de Ronaldinho. Del sufrimiento de ver a Messi contra todos.


He recordado esto pensando hoy en cómo expresar lo visto el domingo en el Camp Nou y leyendo a Martí Perarnau la palabra ‘balonmano’. Aquel partido fue el mejor ejemplo de la diferencia entre comodidad y competitividad en el fútbol, en ambos casos, con el balón de por medio. Tocar y tocar sin avanzar, sin desmarque, siempre al pie, en ausencia de ritmo, de un lado para otro como diciendo “yo no voy a perder el balón que ya estoy bastante retratado, tú verás qué haces con él”. Así terminó el Barça pre Guardiola, mientras que ahora es un equipo dañino y vistoso al mismo tiempo, que toca y toca (sí, otra vez) para divertirse pero sin dejar de buscar la portería, que no regala un centro al área porque prefiere dedicar otro medio minuto a preparar una mejor opción, que tira una pared en el área pequeña no por barroquismo sino porque es la idea principal y se ejecuta por todo el campo, que tiene a Valdés, Puyol, Abidal y Mascherano esforzándose por sacar el balón jugado pese a sus limitaciones, que lucha por ser plenamente consciente de lo mágico del momento actual porque, como bien sabemos, ni siempre fue así en el pasado ni el futuro es predecible ni seguro.

Ante la Real Sociedad, el Barça contabilizó casi mil toques de pelota, supongo que cifra récord desde 2006 en que se empezó a medir. Como estadística, como casi todas, no dice nada si no está contextualizada. Y en el caso azulgrana, no hay nada frívolo, pasivo ni complaciente en ella. Xavi y Messi ya sabían tocar el balón. Iniesta ya era así de bueno y a Puyol nadie tiene que enseñarle a defender un balón o la camiseta, lo que toque. Pero quizá todos ellos necesitaban sentirse partícipes de algo más, de una ilusión coral más allá del mero ejercicio de un deporte, de saber que su influencia ya va más allá de un resultado, de plasmar en noventa minutos de un partido liguero perdido en un mes de diciembre cualquiera el trabajo de más de veinte años de mucha gente, de hacer sentir como propias las ilusiones adolescentes de centenares de chavales que pasaron por La Masía, de no dar importancia a quién gana un Balón de Oro sino concedérselo íntimamente a una idea en lugar de a una persona. Guardiola y la generación reencontrada lo han conseguido.

Escrito originalmente para FCBWiki Blog

1 comentarios:

Anónimo dijo...

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