miércoles, febrero 09, 2011

Guardiola acepta el cuarto viaje


De manera discreta y simultánea, todos los canales oficiales de comunicación del FC Barcelona han anunciado esta tarde la renovación del contrato de Pep Guardiola como entrenador del primer equipo hasta final de la temporada 2011-2012. Un año más, en definitiva. Hasta el próximo viernes, en la rueda de prensa previa al desplazamiento a Gijón, no se podrá preguntar al entrenador por el tema, pero de nuevo se impone su deseo y el compromiso contractual repite duración y vuelve a ser inmediato, casi urgente, siempre enfocado al día a día, a ese tópico del “ir partido a partido” que se ha convertido en una razón de ser.

Guardiola cumplirá así su cuarto ejercicio en el cargo, desde que, tras ascender al filial de Tercera a Segunda División ‘B’, Laporta le ofreciera el puesto en el verano de 2008 y Pep -según cuenta la leyenda- le respondiera “No tendrás cojones de hacerlo”. Tanto el club como él juegan con la ventaja de que la situación actual del equipo es casi inmejorable, histórica. La Junta Directiva de Sandro Rosell puede permitirse ofrecer una renovación en el mes de febrero sin saber si se ganará algún título en abril y mayo. Es muy factible ganar algo, sería decepcionante para el barcelonismo no hacerlo, pero ni siquiera ya es imprescindible. También, asumen el riesgo de tener atado a uno de los mejores entrenadores del mundo sólo por un año porque conocen el compromiso afectivo de Guardiola con su club de toda la vida, desde que tranquilizaba a su madre en su primer día en La Masía allá por 1984 con un  “¡Oh, mare, cada día, cuando abra la ventana veré el Camp Nou!”, desde que siendo todavía un crío se abrazaba enfebrecido a Víctor Muñoz la noche de la remontada ante el Goteborg vestido con aquel chándal marca Meyba de los recopelotas del club, desde que…la lista es larga.

Paralelamente, Pep juega con la ventaja de conocer la casa mejor que nadie. De saber de primera mano cómo Rijkaard se quemó en una hoguera de vanidades y ausencia de profesionalidad y comprobar cómo aquel equipo Campeón del bienio 2004-2006 quedaba reducido en apenas dos temporadas a unas mediocres cenizas. Valdés, Puyol, Xavi, Iniesta y sí, Messi, ya estaban en esa plantilla y, contagiados o no, de forma corresponsable o por omisión, no pudieron seguir compitiendo igual. Guardiola sabe que lo ha conseguido, que les ha aportado el hambre perdida, que el sábado se frotó los ojos como los casi noventa mil espectadores presentes en el Camp Nou al ver a Messi recorrer con un poseso màs de cincuenta metros en busca del Kun Agüero para cortar una ocasión de gol del Atlético. Ese es uno de los mayores activos que ha aportado Guardiola, pero él sabe por su experiencia que también es uno de los valores más efímeros del fútbol moderno y está convencido de que los contratos cortos son el único modo de remediarlo, al menos parcialmente. Cruyff ya lo creía.

Pese a las habituales acusaciones de falsa modestia, Guardiola es muy consciente del equipo y jugadores que tiene entre manos, y que no es lo mismo entrenarles a ellos que por ejemplo al Numancia donde ha comenzado su carrera su buen amigo Juan Carlos Unzué. Su labor de motivación es incuestionable, plasmada en esa presión adelantada clave y complementaria para el estilo de juego propuesto, la llamada teoría de la araña de Laureano Ruiz. Puede ser que no haya inventado nada, pero tampoco admite discusión la apuesta por la cantera y la valentía en la toma de decisiones. Es oportuno recordar que cambió a Deco y Ronaldinho por Sergio y Pedrito. Es más discutible el caso de Eto’o, son palpables errores fichajes como Martín Cáceres o Hleb y las personalidades de Ibrahimovic y Chygrynskiy debieron ser mejor analizadas. Tampoco es infalible, y debió gestionar mejor las emociones propias y ajenas en la semifinal ante el Inter o en el reciente viaje a Pamplona.

En cualquier caso, el saldo es muy favorable al entrenador azulgrana. Guardiola es hoy el gurú del barcelonismo, la piedra filosofal sobre la que gravita un estilo, alejado de la inmediatez y del victimismo que siempre lo dominó. Guardiola es, tomando prestada la idea del libro de Eduardo Mendoza, el principal responsable de que el Camp Nou sea de nuevo “el estadio de los prodigios”, un lugar en que se ha ganado todo pero que, según repite machaconamente nuestro protagonista, está todo por ganar.

‘Sentirlo’, Josep Guardiola en El País
 
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