viernes, mayo 06, 2011

Elogio de la derrota


Una victoria breve, un día de gloria, los diez minutos de éxito que concedía Andy Warhol a todo hijo de vecino. También un título, el reconocimiento a una temporada (o a dos, o a tres), el triunfo que permite pasar a la historia y a las hemerotecas. Ganar es adictivo, cómodo, estimulante, feliz, sencillo.

Todos, absolutamente todos quieren ganar. El resultado es lo más importante, hasta para los desvelados por la estética. Alcanzar el éxito es relativamente fácil. Las maneras de llegar a él, diversas. Pero el deporte, el fútbol en este caso, también merece ser visitado por las ideas, aunque solo sea de vez en cuando. La manera de alcanzar la victoria importa, hace que el viaje sea divertido y no un ejercicio gris de monotonía y ausencia de expectativas, ayuda a estar nueve meses pendiente de la tv y contando los días para ir al estadio.

Sin embargo, existe un espacio propio y otro que ocupan los rivales. Solo hay una pelota, no se puede ganar siempre. Una obviedad de tal calibre a veces no es asumida con la normalidad que debería. Perder duele. Es solo deporte, fútbol, un juego, el espíritu olímpico, bla bla bla. Ya lo sabemos. Pero cualquier aficionado fiel estaría de acuerdo con Shankly. La frustración de la derrota, sobre todo en aquellos días en que se atisba la tierra prometida del trofeo, sobre todo cuando se ha competido bien y las opciones de victoria han sido casi las mismas, priva a menudo del raciocinio más básico.

La manera de aceptar el revés caracteriza de manera definitiva al que lo sufre. Se atribuye a Napoléon Bonaparte la frase "Una derrota contada con todo tipo de detalles es indistinguible de una victoria". Se presupone un mínimo de sensibilidad, es claro. Pero perder puede ser también un gran aprendizaje. Deportivo, táctico para la próxima contienda; al tiempo, moral para ponerse en la piel del que fue derrotado tres días, una semana o cinco años antes. Los penalties de Sevilla, el Steaua, Desailly sobre Zubizarreta, Amavisca & Zamorano, Caminero y Nadal, Zidane ante Bonano, Tamudo, el pasillo del Bernabéu. Todo forma parte del recorrido. La rabia de la derrota es ventajista. Nos arrastra en caliente a culpar de ella al vecino, al árbitro, al del carrito de los helados que pasaba por allí o ya, en un estado extremo y vergonzante, a ese nuevo demonio llamado UNICEF.

No aceptar una derrota confunde: anula la victoria ajena, lo que no tiene compensación, pero no anula la propia derrota. Resignación, derecho al pataleo, son otros estadios lícitos y frecuentes al perder un título importante. No es obligatorio el heroísmo, ni la admiración siquiera del adversario. Tampoco el quijotismo ni la falsa modestia. Pero sí debería estar al alcance de cualquiera el respeto por el contrario, la contención en el juicio, la asunción de que el orgulloso sentimiento propio también lo tiene el rival y el buen gusto para no despreciar al enemigo, por íntimo que sea. El fraude no es perder una competición deportiva, es creer que se puede ganar de cualquier manera.

'No todo vale',  por José Mendoza en Sportyou

2 comentarios:

César Fuster dijo...

Está muy bien el artículo, enhorabuena.
Mi blog: http://labellezadelftbol.blogspot.com/

Joan dijo...

"Todos, absolutamente todos quieren ganar. El resultado es lo más importante, hasta para los desvelados por la estética."

No se trata de estar desvelados por la "estética"; se trata de que hay una forma más eficaz que otras de ganar; y ésta no pasa, sin duda alguna, por poner balones en largo.

 
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