miércoles, septiembre 21, 2011

Mourinho recupera el tópico de la incompatibilidad


El Real Madrid visita esta noche Santander. Será el segundo partido que los blancos jugarán en El Sardinero en 2011. El primero, en marzo, correspondiente a la pasada Liga, resultó uno de los mejores momentos del equipo madridista en toda la temporada. 1-3, con un juego igual de vertiginoso que siempre, pero en esa ocasión basado en el toque y en la asociación más que en el juego directo o el contragolpe.

Aquel día Mourinho alineó a Granero con Xabi Alonso en el medio campo, más Özil, Di María, Benzema y Adebayor. No pudo jugar Cristiano Ronaldo. Prácticamente fue un 4-4-2 en rombo, sin doble pivote ni especialista defensivo.  En vestuarios, Granero explicaba el partido más o menos así: "Cuando salimos al campo, vimos que el Racing se defendía muy atrás y creímos que lo mejor era tocar rápidamente con Xabi y conseguir posesiones largas para descolocarlos y que Özil recibiera con ventaja. Creo que ha salido bien. Ellos han picado, se han desordenado y hemos podido hacerles daño".

Mourinho, por su parte, no tardó en añadir agua al vino del estupendo juego de su equipo y de su centrocampista: "Estoy contento con el partido que ha hecho, pero tiene que ser pivote, debe adaptarse a esa posición". De hecho, solo unos días más tarde, preguntado el entrenador portugués por el buen partido de Santander, contestó que no iba a perder todo el trabajo realizado hasta ese momento por un único partido. El doble pivote, innegociable.

Ayer, expuso el argumento que reduce a Granero defitivamente a la marginalidad en el equipo: "es difícil que Granero y Xabi Alonso puedan jugar juntos". Llegamos a ese terrible lugar común en el fútbol moderno que limita la presencia de buenos futbolistas en un mismo once. Las últimas temporadas de la selección Española, del FC Barcelona, del Manchester United, el arranque del actual Manchester City...rendimiento de combinaciones de jugadores talentosos alrededor del balón que debería haber sepultado esas dudas.

Es comprensible la prudencia ante una final, o un partido eliminatorio ante un rival poderoso en Europa. Pero al igual que Guardiola acumula centrocampistas, exprimiendo la mejor virtud de su equipo ante rivales inferiores, resulta extraño que el Madrid se autoimponga restricciones, sobre todo cuando hablamos de lo que alguna vez quizá fue la esencia del fútbol: los buenos jugadores. Quizá el origen es percibir un partido no como un duelo de talento, orden y jerarquía sino como la voluntad de un pobre árbitro.   
 
 
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